Memorias de una pasión. “Una antena para Cenicienta”. Primera parte.

El verano de 1989 se había ido con la misma velocidad con la que los postes de luz quedaban tras el camino en aquella carretera federal número 57. Era curioso como lo más atesorado de tu vida podía caber en una caja de zapatos. Intercalando vistazos por la ventana y mi regazo, revisaba una y otra vez aquella selección; resaltaban algunos casettes, llaveros, tarjetas de despedida, fotos, la carta no entregada a la chica que me gustaba y aquel aromatizante para autos en forma de casco de los Steelers.

En los pocos años que llevaba siguiendo la NFL no me había involucrado tanto como en esos días; quizás por que la inminente mudanza traía muchas incertidumbres, pero a su vez, había una sensación entre el intoxicado aire de la Ciudad de México de que algo memorable sucedería con el equipo.

El reciente y no muy alentador récord de 5-11 del año anterior, el más bajo desde 1971, nos posicionó como séptimos en el Draft que trajo consigo promisorios nombres, como el corredor Tim Worley, el apoyador central Jerry Olsavsky el esquinero David Johnson y el profundo Carnell Lake.

En franca avanzada con los abuelos, llegamos a la nueva ciudad, mientras mis padres definían y empacaban lo que necesitaríamos para nuestra nueva vida, con la firme intención de alcanzarnos algunas semanas después. La nominación de “tilicheros” no impidió que cargasen hasta con las alfombras; por lo que en general no sufrimos de grandes siniestros, excepto por una cosa que fue ignorada en la logística. La antena de televisión.

Ciertamente el haber vivido en lo alto un edificio de 7 pisos nos privilegiaba a recibir los canales nacionales abiertos con un sencillo binomio de antena de conejo, que complementaba la minúscula antena aérea en la azotea. No se necesitaba más para ser “cuate de Chabelo o sobrino del “Tío Gamboín” y pasar largas horas de sano esparcimiento maratónico dominguero, escuchando al ameno Pepe Segarra o al maestro Pepe Espinosa, narrar “el juego del hombre” frente al viejo televisor a color Philco de bulbos.

Conforme nos fuimos instalando en la nueva casa caí en cuenta que nuestro espectro televisivo había sido reducido drásticamente y de tajo como circuncisión de neonato. El resto del clan lo había asimilado con gracia, puesto que la repetidora local en su barra programática incluía telenovelas, algunas series policíacas, el noticiero, y los informativos de revista de la farándula; por lo cual el único que se quedaba a pie sin NFL sería su paniqueado servidor.

Debía ser muy cuidadoso al escoger el mejor canal para gestionar mi petición. Por mi mente pasó incursionar en la rebeldía o drama por incomprensión adolescente, pero cierto grado de conciencia me hacía ver que había una larga lista de prioridades, que inevitablemente tomarían turno antes que mi antena. Opte por la diplomacia.

No faltaba mucho para septiembre así que debía darme prisa. Tras una inspección en el techo encontré que había un montón de chatarra que habían dejado los anteriores inquilinos; observando con más detenimiento, el mismo patrón se repetía en varios de los techos contiguos. Quizás sería una costumbre provincial de optimización de los espacios para el almacenaje, o simplemente era más fácil aventar todo ahí arriba a manera previsora por sí “un día se ofrecía”. Haciendo gala de mi vista 20-20 logré ubicar tramos de tubo y fragmentos de antenas en algunas azoteas. Una vez hecho el padrón de viviendas, comenzaron las visitas tocando puerta por puerta. Con un discurso que se iba modificando a modo de ” prueba y error”, intentaba convencer a los vecinos del costo- beneficio de la donación tubular para la causa. Hubo quien no tenía idea de la existencia del material, los que accedieron mediante un intercambio laboral como cortar el pasto o bañar al perro; hubo los que tenían un apego casi consanguíneo y era como pedirles un riñón; y no podían faltar los que no dejaban pasar la oportunidad de recuperar unos pesos. Sin embargo, una que otra alma caritativa accedió con la donación del fierro viejo. Cuál “ropavejero tlacuache cargando un tambache”, conseguí compilar y subir el material. La primera fase estaba completa.

Mientras tanto el “off season” nos traía las noticias de que las negociaciones con el otrora jugador mas valioso del equipo en 1987, el linebacker Mike Merriweather, no habían fructificado después de un “Hold out” durante todo 1988 y que vestiría el púrpura vikingo de ahora en adelante. La agencia libre también se llevaría al icónico centro “IronMike Webster de la era dorada de los 70s a Kansas, a concluir su carrera con la tribu.

Para la segunda fase requeriría de músculo y hierro. Era hora de que los años tomando “Choco milk” rindieran sus frutos.

En la parte frontal de la casa había un enorme árbol de “Hule“; no era que fuese de plástico como lo había imaginado cuando mamá lo describió meses antes cuando consiguieron la casa. Era alto, frondoso y con largas ramas que trepaban por la fachada y se extendían sobre la azotea; el sueño de todo atracador. Bien podría haber sido el sitio idóneo para la construcción de una casa club o un fuerte; pero ante la necesidad de espacio, tuve que invertir extenuantes horas deforestando las excedentes ramas con un machete que tenía el mismo filo que una cuchara de peltre. Pero eso no impidió que entre cada machetazo emulara y rindiera honor a todos aquellos héroes de la infancia que portaron espadas en nombre de la justicia: Luke Skywalker, He-Man, León-O, Leonardo de las Tortugas Ninja; hicieron mi tarea más amena; pero ni ” la fuerza”, el “ojo de Thundera” o el poder de “Greyskull” librarían mis “manos de princesa” de unas borboteantes ampollas; que a su vez, pagarían doble penitencia en los extendidos días de lavandería con la furia alcalina del jabón Zote como único recurso para remover las pegajosas resinas y la lechosa y abundante savia del árbol, con las que terminaba empapado en ropa, cabeza y extremidades. El tiempo corría.

Mientras tanto en Latrobe, las cosas no pintaban muy diferentes para Coach Noll. La presión desde la oficina de Dan Rooney pedía que cortaran a varios entrenadores de su staff. Con una negativa, Chuck interpuso su renuncia; lo que originó que el mismo “Mean Joe” Greene, entrenador de línea defensiva, fuese el mediador para traer de vuelta a Noll. La purga se llevó a los coaches de linea ofensiva, linebackers, y la renuncia de Tony Dungy; pero trajo a Rod Rust y John Fox que vendrían con una nueva defensiva y equipos especiales.

Luego de completar la tala, el oxidado machete sería sustituido por cegueta, martillo, tornillos y clavos. Cuál ruidoso pupilo de Vulcano, hubo que hacer secciones, enderezamientos, soportes, conectores para lograr empatar los tubos y que formarán una larga asta. La pequeña antena reconstruida topaba la punta y una vez conectado y fijado el cable a la tv vendría su izamiento. El reciente descubrimiento de un tinaco de asbesto oculto entre la jungla deforestada, debería ser mas que suficiente como ancla para soportar el peso de la pértiga. Una copiosa cantidad de ladrillos donados darían mayor cimiento y balance.

Poniendo en práctica los amarres y nudos aprendidos en mis años de Scout y en el taller de electricidad de la secu; largos y cortos tramos de alambre recocido fueron rodeando la circunferencia “tinacal” quedando así, cual mástil de velero con pasado bucanero.

Mi antena se elevaba magnífica y parecía acariciar el infinito, no diría que “y más allá” pues aún no se estrenaba Toy Story, pero rodeado de un cielo despejado con aire fresco, sin polución y sin aterradores valores de la escala Imeca de referencia; las esperanzas vendrían vestidas bajo el velo de las ondas Hertzianas en aquellas remotas tierras tan lejos del canal 5; justo a tiempo para el kick off de la temporada de 1989. La tercera fase quedaba concluida y los Cleveland Browns serían los primeros en enfrentar ese año en que nadie anticiparía el desenlace, ni la manera en que marcaría mi afición acerera para siempre.

Continuará….

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