Memorias de una pasión. La evangelización de 1989. Capítulo 2. ” El tráfico de tarjetas”.

Era Opio puro. El consumo aumentó y el reflejo de ansiedad por que llegara el nuevo lote saturaba el ambiente. Los había convertido en unos adictos.

En el curso de las primeras semanas de aquel otoño de 1989, aún continuaba en el proceso de adaptación a mi nueva ciudad. En el salón de clases las cosas iban mejorando con mis compañeros. No sólo por los tochitos; la ayuda en los primeros exámenes y los trabajos en equipo iban integrándome poco a poco al grupo; pero lo que me vino a catapultar una cierta popularidad fue el “mercado de tarjetas de jugadores”.

Todo comenzó con la inevitable forradera de libros de un año anterior. (ver Memorias de una pasión “El terrible Joe”) En aquellos días con la apertura arancelaria a diversos productos, la invasión de dulces y chocolates norteamericanos era palpable afuera de cualquier estación del metro o en lonjas propias y ajenas. Pero no sólo golosinas, con un poco de suerte uno podía encontrar algunos sobres de tarjetas coleccionables de la NFL, en particular los “Topps All pro“.

Luego de que se me picaran algunas muelas y obtener mi membresía platino, “Doña Manue” al fin accedido a darme la pista de donde estaba su proveedor. Me dio santo y seña de un mercado ubicado en el corazón de la delegación Atzcapotzalco, pero aclaro, sólo el santo y seña de como lucía el mercado; ni nombre, ni dirección ni intersección. En mi inocencia no hubiera sospechado que no me hubiese querido perder como cliente.

Luego de tres intentos fallidos aún con el “guía roji” en la mano (el abuelito impreso de Google Maps de aquellas épocas) y un par de corretizas; una tarde, en medio de una tromba, la necedad encontraría su recompensa. Tras otra expedición con ardua búsqueda por fin encontré el mercado perdido en la Av. Granjas. Esperaba como una bodega o un centro de distribución, pero en un simple puestecito ahí estaban; los relucientes “Topps All Pro“. No llevaba suficiente dinero para una caja, pero lo importante era haber ubicado la veta del oro ante mis escurrientes tenis Panam. Las carátulas de mis libretas alcanzarian nuevos horizontes y la bronquitis seguro se quitaría con un buen antibiótico.

Para aquella segunda semana de escuela, luego de tener listas y bien vestidas con tarjetas y recortes las libretas para cada materia, la curiosidad de los vecinos de mesa banco no se hizo esperar. Gary Anderson, David Little, Dwayne Woodruff, Hardy Nickerson, entre otros Steelers se cubrían en halagos y pronto “ La Anforita” (ver memorias de una pasión. La evangelización de 1989. El club del tochito) lanzo la primera oferta: – ¿En cuanto vendes tus tarjetas?- ¿Venderlas? ¡Jamas! Eran mis nuevos tesoros; – bueno, ¿Que tal las de Jim McMahon y William Perry?

Nunca se me hubiera ocurrido. Luego de agradecer su interés, esperaba se quedará tranquilo con mi negativa, pues sería demasiado complicada la logística para volver a ir a la Ciudad de México, ir al mercado de las Granjas, comprar otro sobre y contar con la suerte de que me volviesen a salir aquellas dos tarjetas. Pero haciendo alarde de su capacidad financiera saco un par de billetes de a $20, – véndemelos- , insistió y ante la tentación comencé a retirar el diurex del hule cristal y pronto hubo dos espacios vacíos en aquella libreta con los Osos de Chicago. Había hecho un buen negocio; cada sobre con 5 tarjetas me salía en $10.

Al día siguiente tocaban biología, historia y civismo por lo que las libretas con los Broncos, Colts y Bengals volverían a llamar la atención de “La Anforita” y otros compañeros. Esta vez John Elway, Vance Johnson, Érick Dickerson y Boomer Esiason encontrarían nuevos hogares. No me gustaba mucho la idea de dejarlos ir, pero pronto comprendí como funcionaba la agencia libre y que el mejor postor se llevaría los mejores jugadores, o algunos no tan buenos, pero el factor novedad le agregaba interés adicional.

Por la noche, luego de una charla de negocios con Papá, que trabajaba toda la semana en Ciudad de Mexico y venía a casa los fines, finalmente aceptó ser el encargado de la transportación. Así comenzó el tráfico de las tarjetas. Con lo de las primeras ventas junté lo suficiente para completar una caja. Cada caja contenía 50 sobres que venían en un empaque plastificado e incluían una goma de mascar dura sabor tutti frutti. Una vez que llegó el embarque ya tenía algunos pedidos; pero esta vez las reglas serían distintas. Nada de elegir jugadores populares de mis libretas, tendrían que aceptar lo que el azar les deparara, cada sobre les costaría $30.

No hubo reparo en el precio, y en un abrir y cerrar de ojos, la caja se había vendido en esa semana. El movimiento inmediato fue encargar dos, luego tres y así sucesivamente. Con el auge de la temporada, los tochitos y los juegos por tv, mis compañeros se estaban involucrando muy rápido. Las libretas con calcomanías de las Chivas, chicas de Playboy, o bandas metaleras, vestían nuevos colores y protagonistas. Era común entre clase y clase ver las negociaciones y los trueques. Tres Pieles Rojas por un Bernie Kosar, la semana de sabritas por Warren Moon. Hasta eran divertidos algunos retos como darle un zape al grandulón de la escuela a cambio de la tarjeta de Tony Dorsett o declararsele a una chica al azar en pleno receso por un Randall Cunningham; pero a los que empezaban a mostrar un verdadero interés y comenzaban seguir a Pittsburgh, les regalaba algúna que tuviera repetida.

Por supuesto, fiar o el crédito estaban fuera de lugar; no hubiese querido tener que contratar guardaespaldas para las cobranzas; no era mi estilo, pero cuando los pedidos aumentaron a los salones vecinos y al turno de la mañana tuve que recurrir a la asistencia de “el Mandril y el Che” para la distribución. Me hacían sentir un “Al Capone” con todo sombrero de ala ancha y “Mac the knife” sonando imaginariamente mientras preparaba la mercancía.

En un giro inesperado, el proovedor expandió la línea y ahora nuevos sobres venían en color dorado y plateado con una tarjeta holográfica y una selección de lo más élite de la liga. Sabía que se volverían irresistibles, por lo que maleficamente, reserve los dorados para regalarles una tarjeta a los mejores compradores y las holográficas para enganchar a los nuevos.

Era Opio puro. El consumo aumentó y el reflejo de ansiedad por que llegara el nuevo lote saturaba el ambiente. Los había convertido en unos adictos.

Ante el hecho que algunos ya no las podían costear, comenzaron a ofrecer hacerme las tareas, relojes calculadora y hasta presentarme a alguna amiga de sus novias a cambio. Me frotaba las manos cual “coyote” en el monte de Piedad.

Para cuando comenzaron los playoffs, la edición especial de los 49ers que había estado reservando por semanas se agotó con la misma velocidad y paranoia, como cuando escaseaban la gasolina antes de incrementarle el precio. La fiebre llegó a su máximo punto. No sólo por el negocio; sino al escuchar hablar a mis compañeros sobre estadísticas, pronósticos y favoritos al Super Bowl, justificaban mi avaricia y dejaban en mi usurera conciencia un cierto sentimiento de tranquilidad por la nueva fe, aún a costa del oro por espejitos. Pero como nada es eterno en este mundo mundano, mis planes empresariales se vieron empachados súbitamente.

Con la temporada NFL concluida el mercado ya tenía lista la siguiente tendencia. Era ya 1990 y helados Holanda anunciaba con bombo y platillo la salida del album oficial de la Copa mundial de fútbol. No lo vi venir.

Como río que reencuentra su cauce, mis compañeros regresaron en estampida, casi como por instinto a lo que conocían y mis ventas se desplomaron estrepitosamente. Lamiéndome las heridas ante el siniestro financiero, ahora veía ese mismo brillo adictivo en sus ojos al encontrar a Lottar Mathews o Jurgen Klinssman en esos insipidos sobres, llenando las páginas de la selección de Alemania. Aquellas estampitas autoadheribles repetidas pronto recubrieron los rostros de los falsos ídolos del emparrillado. La naturaleza había restablecido el balance. Sin embargo, durante 6 meses la hegemonía por el Football acompañó a la congregacion del tercero B vespertino; la evangelización con los nuevos santitos no milagrosos quedaron como resguardo en alguna que otra cartera y dejaron sembrada una maleza que seguramente rebrotaría al siguiente otoño.

El tráfico de las tarjetas me hizo vivir un breve pero ilustrativo “lapsus” empresarial del cual descubrí mis primeras habilidades mercantiles, los límites de la codicia y que la rehabilitación para la adicción a los chicles de tutti frutti, sería mi penitencia.

Categorías:Sin categoría

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s