Memorias de una pasión. La evangelización de 1989. Capitulo 1: “El club del tochito”.

Cuarta y gol. Luego de una larga serie nos alineábamos para ir por todo. El tiempo se acababa. Había que regresar para alcanzar el exámen de Biologia.

1989 fue uno de esos años que marcaron mi vida como persona, aficionado al Football y por supuesto a los Pittsburgh Steelers. Recién mudado de la Ciudad de México hacía la provincia, los cambios se vinieron vertiginosos y tempestuosos. Nueva ciudad, vecindario, ritmos, alcances, escuela y amigos.

Para mis 14 años las habilidades sociales seguían en franco desarrollo, me atrevería a calificarme como reservado pero amigable.

Ya me habían advertido que procurara discreción sobre mi origen. Al primer día de clases, entrar como uno de los “nuevos” al tercero de secundaria me ponia en una posición digamos “expuesta” al bajo perfil que había mentalizado; sin embargo, no ayudó  mucho a la causa amiguera que al momento de presentarme ante los compañeros, me refiriera proveniente de ” La capital del mundo, sucursal del cielo y futuro puerto camaronero”. Les caí bien de inmediato (sic) y el mote de “Chilango” me acompañó el resto del año.

Luego de esa primera y marginal semana, la providencia quiso darme un respiro y paseando por los pasillos de una Comercial Mexicana, me topé con un botadero de articulos deportivos en remate, donde un balón de mis queridos Steelers había sido localizado a la distancia . Era un poco fuera de lo convencional, más pequeño de lo que debía, los cuatro gajos del vinil intercalaban los colores negro y amarillo; al sujetarlo, mi mano sintió su consistencia de galleta arcoiris, suave y esponjosa. Lo escondi en un anaquel detrás de los incosteables balones oficiales Wilson, con la promesa que volvería pronto por el; mi primer balón.

El fin de semana lo pasé jugando en el patio de mi casa, que era particular; lanzándome pases elevados para correr y atraparlos yo mismo. No era que tuviese una gran velocidad, pero el material era tan liviano que mi brazo de fideo alcanzaba a hacer altas espirales verticales bicolores al mejor estilo de Dan Marino.

Con la firme idea de enmendarme con mis compañeros, decidí llevar mi balón a la escuela. El turno vespertino permitía que llegase con premura suficiente para un tochito amistoso. El estacionamiento del estadio local frente a la secundaria era más que conveniente en amplitud y seguridad ante el tráfico; pero contra mi pronóstico, las cascaritas futboleras se dispersaban por todos lados sin encontrar quien se interesase en lanzar unos pases.

Era tiempo de entrar y la clase de educación física comenzó. Ansioso por una segunda oportunidad para el tochito, pronto saque de nuevo mi ovoide, pero antes de que pudiera persuadir a alguien a jugar, “El Chanfle“, profesor de la asignatura apodado así por su tradición futbolera y parecido a Roberto Gómez Bolaños, me interrumpió –Aquí no se juega ese deporte para animales- sentenció, – Sólo se golpean y se amontonan a lo tonto en vez de pensar y usar la cabeza, arremetió – Lo único que consiguen es lastimarse y quedar tarados para toda la vida, y la estocada final- mejor practica algún deporte de verdad como el fútbol, básquetbol o voleibol.

Así a quemarropa concluyó el contundente y aleccionador sermón. Tardé un poco en darme cuenta que ya se habían repartido los equipos en las canchas y me había quedado como satélite.

Ante el desolado escenario, opté por no sentarme en la banca y escabullirme a la parte trasera del patio para retomar la rutina del autopase; pero entonces, llegaron los aliados: “La Anforita“, chico chaparrín y regordete expulsado de un colegio particular por pintero y ” El Mandril” chavo de prominente quijada (que años mas tarde me recordaría al Coach Cowher) proveniente de otra secundaria exiliado por pandillero. Los tres éramos los “nuevos” y en la marginación, encontramos causa común.

Lanzamos y atrapamos pases toda la hora, con el acuerdo de repetirlo en el receso. Sorpresivamente se nos unió “el Che” quien se sentaba trás de mí y nos había visto. Secretamente gustaba del Football y me pidió lo invitáramos. Con él, completabamos para un tochito dos contra dos. El balón había funcionado.

Repitiendo la fórmula “ El club del Tochito ” iba tomado forma durante la semana. Aunque la regla número uno no limitaba hablar del club, la clandestinidad le daba un toque adicional. Aparte de los prejuicios de los profesores, los prefectos tambien te podían decomisar cualquier balón ajeno a su Santísima Trinidad. A la hora de la entrada, para burlar la posible revisión de mochilas, el primero en ingresar debia ir por la parte trasera a recibir el pase sobre la barda y así contrabandear el balón. Para el viernes ya éramos ocho y al fondo del estacionamiento ya teníamos nuestro espacio.

El “Che” y yo éramos los capitanes, y utilizando el sistema de recaditos en papel (sí, el papá del whatsapp para los jóvenes lectores) íbamos reclutando a los nuevos participantes en un mini Draft. Los tochitos se iban poniendo intensos, reñidos y emocionantes. Mientras el equipo del “Che” le apostaban a los bombazos, yo utilizaba la ofensiva de la costa oeste, con pases cortos y corridas de poco yardaje, pero aprovechando cada down para hacer participar a todos los del equipo y que recibieran al menos una jugada. Todos querían ser “Joe Montana, Roger Craig y Jerry Rice“; pero un partido a la vez, los míos se iban familiarizado con ser los Steelers de Bubby Briester, Tim Worley y Louis Lipps que a su vez, iban sorprendiendo con su temporada “Cenicienta“.

Les daba lo que necesitaban, además de ir reclutando a los otros chavos que no eran requeridos para las otras cascaritas por su falta de atleticismo, velocidad, altura, sobre peso o pocas habilidades. Al mismo tiempo iban aprendiendo las reglas, pues a la mayoría les era ajeno el Football. Los lunes, se empezaba a hacer inevitable hablar sobre los partidos del fin de semana y poco a poco los demás muchachos se iban interesando en seguir los partidos o ver los resultados para tener de que hablar. Pronto se organizó una quiniela, juegos con apuesta por “Kalimanes” (antojo consistente en un bolillo con cueritos, chiles en vinagre, Ruffles verdes y crema de venta en la tienda de la esquina ) y llegamos a ser suficientes para jugar por retas al touch down.

La temporada avanzaba y la afición crecía. Semana a semana los balones de basquet y fut dejaban de ser llevados a la “secu”, sustituidos por mi ya raspado y descolorido balón aurinegro. Ante la demanda, empezamos a incursionar en los juegos nocturnos contra los otros grupos, antes de que se acabaran los camiones y hasta algunas chicas se empezaban a acercar a vernos jugar.

El punto máximo que alcanzamos fue en la víspera del superbowl XXlll. Con una pinta masiva emulando a la pelicula “El gran escape“, uno a uno fuimos escapando de la clase del profe “Chanfle” para ir a un parque cercano y poder jugar un ” tochito tackleado” en pastito. El lodo en los tenis blancos, los codos raspados y una que otra gota de sangre en el uniforme se convirtieron en marcas de la aguerrida batalla; las sonrisas en los rostros de mis compañeros no podían ocultar que se estaban divirtiendo como enanos.

Cuarta y gol. Luego de una larga serie nos alineabamos para ir por todo. El tiempo se acababa. Había que regresar para alcanzar el exámen de Biología. No importaba el resultado, ni el posterior regaño, ni el reporte al final del día, ni que mi primer balón hubiera encontrado hogar permanente en una gaveta metálica en la oficina del director. Todo había valido la pena.

El lunes siguiente no se habló de otra cosa más que lo electrizante que había resultado el superbowl. “El Gadget” llevó un nuevo balón y la nueva tradición tochera continuaría.

Mi labor estaba hecha, el juego del hombre tenía nuevos feligreses. Una nueva religión de alta patogenicidad les había sido inoculada sin saberlo. Nuevos ídolos encontrarían nichos en las paredes de habitaciones o en las libretas. Los nuevos “Aves Marías” serían cantados al fondo de la zona de anotación. Los domingos familiares y de iglesia tendrian que repartir horas con la NFL de ahora en adelante. La evangelización de 1989 había llegado bajo el brazo de un falso profeta. Que de la mano con la nueva fe, también trajo nuevos demonios para exorcizar.

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2 respuestas

  1. Placer y Gusto Incomparable Foro!!!!!!

    Saludos rey del norte!!!!!!!

    Que Recuerdos Tan Especiales y Gratos sobre Todo!!!!!, asi mismo me remonte cuando tenia esa edad , 14 años, año 1981, uffffffff, El Maestro Von Rossum narrando aquellos encuentros epicos y nosotros televidentes emocionados detras del televisor, despues emocionados tratabamos de emular jugadas , adjudicandonos como bien lo describes, personajes de aquel entonces, si no como Bradshaw, , mis amigos (sin agravio) querian ser un dan el montañez fouts un don strok o un dan pastorini, corriamos a ver una revista que algunos le sonora “Auto mundo deportivo” que aun tengo ejemplares….. o sport illustrated que encargabamos a quienes iban a e.u para ahora si que ilustrarnos de aquel entonces en un tiempo que efectivamente como mencionas no era comun el Football y la gente pensaba era un deporte rudo Ignoraba lo que EL DEPORTE MAGNO DEL PLANETA, CONTIENE.

    Yo recien compraba el Ncca sport y veia a un Marcus allen ganador de Heisman un jim loco mcMahon un andre tippett el karateca …….. Sabes Moviste mi sentimental melancolia de por si tal vez cursi… ajjajaja,

    años o ayer que las retas eran las tardeadas diarias que nos dabamos en las calles …… simulando tambien que era el estadio de la milla por que no o quizas el memorial etc…..

    para en aquel 1989 una banda en la cabeza unos lentes muy peculiares al estilo de Jim Mcmhon movian aquella oleada de jovenes jiaiaji

    Saludos rey del norte!!!!

    Hasta la proxima Incomparable Foro!!!!

    Here we Go Steelers!!!

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  2. Muchas gracias por tus comentarios u por compartirnos tus memorias. En aquellos días donde el acceso a la NFL mi estaba al alcance del pulgar , le daba un valor extra a cada experiencia y objetos que se volvían tesoros. Recibe un gélido pero también cálido abrazo.

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