Memorias de una pasión “La chica Danesa”

-Cierra los ojos y veras que te sorprenderé –  

A cualquier edad esas palabras sonaran intrigantes e irresistibles, ¿Qué sorpresa me tenía preparada en su mente aquella encantadora chica? La chica Danesa 33.
A los 14 años la palabra “memorabilia” no figuraba en mi vocabulario, ni siquiera como tarea escolar. Ya era bastante complicado ser novicio fan de los Steelers a finales de los 80’s ,viviendo en provincia y tener como único tesoro un descolorido aromatizante para auto en forma de casco que alguna vez olió a lavanda. Ni en las más sofisticadas tiendas de artículos deportivos se podía conseguir algo que no fuesen balones, o trofeos  del tamaño de un pastel de quinceañera; así que el panorama de encontrar un casco Acerero se tornaba remoto  y muy probablemente fuera de presupuesto.

La creciente afición al equipo no ayudaba en las finanzas personales, cada semana, la ciega fe y el orgullo mallugado, me hacían comprometer el dinero de mi domingo que terminaba tributándolo a mi hermana que ganaba la apuesta al partido. Eran tiempos oscuros.

Aún recuerdo  aquel día cuando en pleno paseo familiar, mi hermana “catafixiaba”  su correspondiente pago por un helado de chocolate y al voltear la vista al otro lado de la calle, ahí estaba, discreta pero bien ubicada, la Danesa 33.

Al principio no parecía que tuviese algo especial esa heladería. Los colores azules y crema  siempre  me han traído cierto desencanto. Tras el mostrador, la despachadora en turno surtía con cara de aburrimiento los pedidos de napolitano en cono o en vaso. Pero entonces sucedió. Tras una vitrina acrílica estaban dispuestos ahí, en  filas y bien acomodaditos, unos cascos miniatura de football; junto a ellos un enorme cartel que anunciaba la cremosa promoción; en la compra de un helado doble, podrías degustarlo en  un casquito de los Pieles rojas, Broncos, Raiders, Delfines, Gigantes  y Vaqueros ( meh!). No tarde mucho en ordenar el doble chocolatoso; pero al pedirlo en casco de Pittsburgh, los ojos perplejos de la mujer con el cucharón  se postraron sobre mí, virándolos a  la vitrina y de regreso…

Inhaló  profundo, y con una muy autoritaria y rasposa voz grito: “Vaneeeeessaaaaaaa, Hay otros cascos que no sean estos?”

Me hubiese gustado que un coro de querubines, el sonido de arpas y una luz dorada proveniente de lo alto rodearan ese instante en aquella puerta del fondo. No sucedió así, pero asomándose, más lento de lo que puedo recordar salió ella, Vanessa, con impecable y cálida sonrisa, una castaña coleta de caballo tras su azulada gorra, y sacudiendo sus manos con remanentes de agua se dirigió hacia mí. Juraría que me cantaba cual Blanca nieves, pero muy amablemente su voz solo apremió a decir…

“Lo siento, no nos han traído de esos, pero los martes nos surten y es cuando hay más variedad, ¿podrías darte una vuelta?” 

¿Me había invitado a volver a verle?

En franca ejecución del axioma “Estas viendo que el niño es coqueto y le guiñas el ojo” , ahí estaba yo el martes a medio día, maniobra que comprometía una hora y media de camino en dos camiones que dejaban la espalda como bufete para quiropráctico; eso, y la breve ventana de tiempo para llegar a la escuela, no serían impedimento  para una charla enriquecedora que comenzaría con las elaboradas líneas de apertura  que había practicado el resto del fin de semana y que culminaría con el intercambio de los más íntimos secretos,  acompañado con  el doble de pistache, mi sabor favorito, siendo ofrecido en sus  suaves manos que muy probablemente lo derretirían en un instante, pero eso sí, en el ansiado casquito.

Estaba listo para el encuentro, una última acicalada, la voz aclarada y  ya había sacado a orear el bien dobladito billete de a $20 que guardaba en el calcetín. Para mi buena fortuna Vanessa estaba al frente, no había nadie alrededor y apenas estaba a punto de decir algo cuando viro su rostro, sonrió y exclamo -Hey, volviste!- Con entusiasta tono  de alegría se dirigió de inmediato al fondo y al regresar, ladeando su cabeza y moviéndola negativamente, con cierto de halo de tristeza y solidaridad agregó- Lo siento, aún no ha llegado-. No sé exactamente como salí del establecimiento con un casquito de los Cardenales con  su respectiva plantilla de calcomanías y la diminuta barra,   pero si algo iba saboreando,  era el hecho de que ella  me recordara y tuviera en mente la consigna de acero. Prometedora, un poco mayor para mí pero definitivamente prometedora.

Las siguientes semanas las podría resumir en casi 3 divisiones completas y unos 4 kilos encima. La conexión entre nosotros iba más allá de lo mundano y lo mercantil.

La temporada agonizaba; los vientos del norte y la precaria alcancía antagonizaban el deseo de ir por un helado. Pero como no hay peor lucha que Lucha Villa, nuevamente estaba ahí, cruzando ese umbral, con la esperanza que solo pueden entender los verdaderos creyentes.

Esta vez había algo distinto en el semblante de Vanessa. No pude terminar de preguntar que le sucedía o si estaba bien cuando ya se había compuesto los ojos y regalándome la sonrisa del día dijo- “espera aquí”–  no me moví, a los pocos instantes regresó  y levanto la barra de madera plegable que separaba a los simples mortales del staff; me tomo la mano y me hizo pasar de su lado del mostrador, me dijo:

“Cierra los ojos y veras que te sorprenderé”

Inmóvil, escuchando el abrir y cerrar de portezuelas pedí al resto de mis  sentidos me hicieran ver más allá de lo evidente. Mientras inhalaba lo que creía era su perfume o el simple olor de las chispitas de colores que confitaban las especialidades, nuevamente sentí sus delgados dedos, pero esta vez deslizándose por mis mejillas, abriendo mi boca mientras el frío de una cuchara me dejaba un ajeno sabor en el interior, al tiempo en que dejaba algo posado en mis manos. Abrí los ojos y le escuche – este es ron con pasas, es mi preferido y además es amarillo y negro, como los colores de tu equipo, este lo invito yo y cuando lo vuelvas a  probar espero te acuerdes de mi-

No estaba preparado para una despedida pero no había más por hacer. El saber que no le volveria a ver hizo que el camino de regreso fuese aun mas largo. Al llegar a casa entré  a mi cuarto y en una repisa de madera puse el último casco junto al resto; no había caído en cuenta que había empezado  una colección, que al paso de los años, crecería  de maneras inesperadas y con otras historias; pero la de mi  primer casco de los Steelers, ese sin firma de alguna leyenda o certificado de autenticidad, me transporta al dia en que cambie el pistache por el ron con pasas y me gusta recordarle como la historia Vanessa, la chica Danessa.

11 respuestas

  1. Muy padre la historia. Efectivente había en esos años pocos articulos de la nfl. Aparte de esos cascos yo tenia mis fabulosas calcomanias AVE. Una en forma de casco se fue en un auto y otra parecida a una toalla terrible pegada en un eefri. Ambos vendidos y no pude retirarlas antes de que se llevaran las cosas. Saludos

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  2. Que emocion, yo iba a la Danesa 33 que estaba en insurgentes y ahora el eje 5, tambien ahi se encontraban Los globos, y Burger boy, neta era pobre, hijo de portero de un edificio en la Napoles, jamas me pude comprar nada de lo que mencionan, sin embargo lo recuerdo con gran emocion.
    Steelers for ever.

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